lunes, 21 de noviembre de 2016

La Gran Novela del Fandom: adelanto exclusivo



Uno de mis grandes clásicos es mencionar la gran novela sobre el fandom que voy escribiendo sin prisa pero con muchísimas pausas. Por supuesto, se titularía La Gran Novela del Fandom, así, con cajas altas. Desde que la idea se me ocurrió (aunque tampoco es que se me ocurriera: siempre se dio por hecho que, dada mi condición de historiador extraoficial del fandom, algún día acabaría escribiéndola) ha derivado de muchas maneras, se ha retorcido y ha llegado a muchos callejones sin salida. En mis momentos más estupendos, la tenía planeada como un tochazo de no menos de ochocientas páginas, más unas doscientas de apéndice documental (un quién es quién, con minifichas de todo friki, viviente o no, que hubiera estado en el ajo en los años noventa), pero, dado mi ritmo de escritura, aquello no me iba a llevar menos de diez años, por lo que desistí. Cuando se lo comenté a Elia Barceló, ella pragmática, me sugirió que me dejara de chorradas y escribiera una novela breve, de unas doscientas páginas, secuencial y con trama. Es decir, más o menos lo que había llegado a escribir antes de abandonar el proyecto, pero sin irme por las ramas.
Luego llegó la realidad y me cortó el rollo. Al leer El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán, se me cortó un poco el rollo, porque esa era más o menos la idea que yo manejaba, aunque aplicada al fandom español. Después me animé con "Yo sobreviví a las guerras del fandom", la conferencia que di en la hispacon de Montcada i Reixac, y que, dos años después, puedo afirmar sin lugar a dudas que es la mejor conferencia que he dado, con el mejor texto de apoyo que he escrito para una conferencia. Pero sucedió lo que tenía que suceder: que alguien que escribe mejor se animó a la tarea y escribió un texto mejor y más interesante que el que yo habría escrito: Está lleno de estrellas. Memorias de una afición, las memorias de fandom de Rafael Marín, que aprovecho para recomendar vivamente. Y ahí fue cuando terminé de ver claro que Elia tenía razón: La Gran Novela del Fandom, si la consigo terminar, debería ser una novela de corte clásico, con sus personajes y sus argumento; tal vez algo en plan Asesinato en la convención, de Isaac Asimov. 
Y vuelvo al tema: justo la dirección en la que apuntaba el intento más fructífero que he acometido. Llegué a comenzar la novela, pero me di cuenta de que la novela me estaba vacilando, que iba por donde quería y, de repente, sin comerlo ni beberlo, me encontré con un muerto con el que no contaba, que debería ser el leitmotiv pero que dejaba cabos sueltos. Porque, cuanto más lo releía, más cuenta me daba de que algo no cuadraba, de que el personaje que se suicida no puede haberse suicidado, que eso tiene que ser un asesinato. Y de ahí para arriba. Total, que en vez de tomármelo como un golpe inesperado que había que aprovechar, me cabreé por la manera en que la novela me había vacilado, y desistí.
Lo cual, ya digo, es un pena, porque en realidad es un buen punto de partida. Pero no el de La Gran Novela del Fandom. Para mí es una vía muerta y, si la retomo, va a ser partiendo de cero. Pero lo escrito, escrito está y, teniendo en cuenta que este textito está condenado a quedarse inédito, no sé si para bien o para mal, decido compartirlo con los lectores, ya que, si algún día leéis La Gran Novela del Fandom, podéis estar absolutamente seguros de que este fragmento no formará parte de la trama.

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LA GRAN NOVELA DEL FANDOM (FRAGMENTO)


1

El otro día te contaron un chiste cojonudo.
Pregunta: ¿Cómo se suicidan los escritores?
Respuesta: Se arrojan desde lo más alto de sus egos.
A decir verdad, lo más probable es que el chiste no hablara de escritores, sino de argentinos, profesores de universidad, periodistas, abogados o directores editoriales. Da lo mismo. El caso es que te hizo gracia y te lo apropiaste; eso sí, aplicado a escritores.
En cierta ocasión conociste a un escritor que luego terminó suicidándose. A varios, en realidad, pero quien te viene a la memoria en estos momentos de zozobra es uno en concreto. No se arrojó desde lo más alto de su ego, porque para llegar hasta allí habría necesitado una lanzadera espacial. Intentó cortarse las venas; al bies, como le había dicho otro escritor en el transcurso de una charla de café y como dejó escrito en su nota de suicidio. Si te cortas las venas en diagonal resulta imposible detener la hemorragia. Así pues, el escritor a quien conociste llenó hasta los topes la bañera del piso en que vivía, aprovechando que sus padres se habían ausentado hacía diez minutos a un viaje del IMSERSO, dejó patente su desconocimiento del teorema de Arquímedes y se electrocutó en cuanto el agua de la bañera desbordada entró en contacto con un deshumidificador enchufado. Lo irónico del asunto es que un escritor de ciencia ficción pudiera hacer semejante alarde de desconocimiento de las leyes físicas más elementales (¡el teorema de Arquímedes, por favor!). No consiguió abrirse en canal, que habría sido el final más apropiado para alguien como él, pero a cambio propició un apagón que dejó a oscuras media Barcelona. Para más inri, lo hizo el día de san Martín, con lo que hizo bueno el refrán.
La nota de suicidio era todo un despropósito, plagada de errores gramaticales y ortotipográficos; de hecho, se trataba de un documento casi indescifrable que, más que leer, había que saber interpretar. Aquello te lo contó uno de sus múltiples conocidos, que fue el único capaz de leer la nota de marras y el primero a quien los padres del escritor encontraron en la agenda de su teléfono móvil cuando encontraron el cuerpo de su hijo, al final de un rastro de olor insoportable a picadillo de chorizo con un ligero toque de sales de baño. En realidad, aquella última llamada no había sido lo que se dice amistosa, ya que el autor que nos ocupa se había pasado diez minutos increpando a su conocido, también escritor. Amenazas de muerte..., filípicas megalómanas…; en fin, el discurso habitual de un demente. Su conocido lo había dejado con la palabra en la boca, porque en cuanto vio de qué iba la llamada tuvo la precaución de cortar la conexión y mantener el aparato apagado durante el resto del día. En cuanto lo encendió, a última hora de la tarde, se encontró con un mensaje en el buzón de su teléfono: eran los padres del autor, hechos un manojo de nervios e implorando un poco de atención. Le contaron lo que había sucedido. Dado que él era la última persona a quien su hijo había llamado, daban por hecho que era lo más parecido a un amigo que podían encontrar. No quiso sacarlos de su error, porque lo último que debes decirle a un padre dolido por la muerte de su hijo es: «Si mi número figuraba en su agenda era porque el muy hijo de puta me acababa de amenazar de muerte. No tenía ni un solo amigo. ¿No conocían a su hijo? ¿En qué momento se les ocurrió la mera idea de que pudiera tener amigos?».
Se personó en el domicilio del autor en cuanto le fue posible. La policía aún no había hecho acto de presencia. Fue él quien la encontró. Sus padres no habían reparado en la existencia de la nota de suicidio, pero él la descubrió, por casualidad, en el primer lugar donde curiosearía un friki de la ciencia ficción amante de lo ajeno que estuviese buscando cualquier material que rapiñar: en la estantería en la que se alineaba, impoluta, toda la colección de Nueva Dimensión, los ciento cuarenta y ocho números de la mítica revista. El premio que había recogido poco antes en la convención hacía las veces de sujetalibros, y debajo de él sobresalía un voluminoso sobre apaisado con un mensaje escrito en klingon que, de hecho, era lo que mejor se entendía de aquel sindiós. Lo abrió y, en efecto, allí se hallaba, condensada, la verdad sobre todo, el legado definitivo del autor al mundo, su Yo acuso particular. El conocido del autor trató de recordar las pautas que le había suministrado un grafólogo cinco años antes, cuando por fin se le hincharon las pelotas y decidió denunciar al autor por acoso y amenazas. La demanda no había prosperado porque el autor se avino a un acuerdo extrajudicial; sin embargo, había fotocopiado el informe pericial del grafólogo, de modo que podía afirmar, sin el menor asomo de duda, que era la única persona de su entorno capaz de desentrañar la taquigrafía no euclidiana que el autor llamaba escritura. Había memorizado aquel informe, convencido de que tarde o temprano se alegraría de haberlo hecho. Y allí estaba. La nota era un delirio victimista repleto de aposiciones, anacolutos, oxímoron rebuscados y retorcidos hasta lo imposible, construcciones gramaticales con hasta cuatro adjetivos seguidos, e incluso alguna que otra sucesión de leísmos, laísmos y loísmos colocados de manera tan arbitraria como incorrecta. La nota estaba dirigida al mundo en general y a su editor en particular. También había un extenso párrafo dedicado a su corrector de estilo, que da la casualidad de que eres tú.
El autor y tú habíais salido tarifando porque en su última novela cometiste la…, ¿cómo lo definió?..., «atroz y aberrante osadía, digna de un amargado escritor frustrado, muestra viva del aserto conforme al cual “el que no folla, jode” y que no encontró más nicho ecológico que el de tachar letras, simular una especie de conocimiento arcano en forma de signos incomprensibles seguramente inventados y estropear originales con su ridículo rotulador con el único fin de vengarse de escritores con mayúsculas dotados de un concepto, ‘talento’, que tan patético individuo sólo podría comprender leyendo la definición en los diccionarios en los que se escuda para capar todo el vigor de una prosa brillante, como si dicho rotulador le concediese el poder de decidir sobre lo que está bien escrito y lo que no lo está, como un diosecillo ahíto de sangre y veneración ciega» de eliminar varias comas ubicadas entre sujeto y predicado. Cosas en plan «El Capitán, ordenó a la Tripulación de que havriera fuego contra la todopoderosísima flota Imperial», por ejemplo. El incidente había dado lugar a una amenaza de querella criminal y de rescisión de contrato que tu editor no se había tomado en serio, porque el que semejante sinsentido pudiera salir adelante resultaba a todas luces inviable. Sin embargo, aquel incidente te había costado perder varios días de trabajo porque el autor había inundado foros, blogs, listas de correo, cuentas de Twitter y frases de estado de Facebook con reelaboraciones, a cual más rebuscada y alejada de la cordura, de la caza de brujas sistemática a que la editorial estaba sometiendo a su manuscrito. Como urgía entregar las correcciones de modo que el libro entrase en imprenta a tiempo para que pudiera aparecer con motivo de la convención anual de literatura fantástica, todos los empleados de la editorial habían perdido varios días tratando de apagar el incendio con comunicados de buen rollo encaminados a tratar de serenar los ánimos y, sobre todo, tú habías cortocircuitado y, literalmente, faltaba un día para que entregases la corrección y no habías podido pasar del segundo capítulo, el editor tomó la decisión, irrevocable, de no tocar ni una coma del original, entregárselo al maquetador tal como se lo había remitido el autor, y que ocurriese lo que tuviera que ocurrir. Como es natural, le exigiste al editor que, ya que te había hecho perder varias semanas de tu vida y un par de posibles encargos, tuviese al menos la decencia de resarcirte con una compensación económica en concepto de lucro cesante. Te conformabas con que te abonasen (en negro, si podía ser) la mitad de lo que te correspondía; es decir, la tarifa que se suele estipular para los trabajos rechazados. En cualesquiera otras circunstancias podría haber colado, pero el editor estaba demasiado harto de aquel asunto, había tragado mucho y, en fin, te convertiste en su chivo expiatorio y te comiste todas y cada una de las lindezas que en realidad estaban destinadas al autor del manuscrito.
El libro se editó sin que se tocara ni una sola coma con respecto al original que había remitido el autor. Recibió los parabienes del sector de aficionados que estaban predispuestos a favor de él, le cayeron las hostias de rigor, procedentes del sector de aficionados que de todos modos lo habría masacrado a hostias, y cosechó la indiferencia más absoluta del sector de aficionados a quienes ese tipo de ficción ni les iba ni les venía. El mundo siguió girando, el autor montó la de Dios es Cristo cuando su preciada novela no llegó ni a finalista de un par de premios literarios cuyos estándares y filosofía hacían inconcebible la mera posibilidad de que alguno de los jurados pensara siquiera en votarla como candidata a finalista, la montó todavía más monumental cuando ganó el único premio que, por eliminación, sería capaz de ganar en su vida, y nada más regresar de la convención anual de literatura fantástica consiguió que cuatrocientos de sus dos mil amigos de Facebook lo bloquearan, eliminasen como amigo o denunciaran después de que se pasase un día entero enviando a toda su agenda de contactos un mensaje cada diez minutos acerca de la injusticia que se había cometido con su persona, del buen criterio de los votantes del único premio que había ganado y tal vez ganara en vida (obsérvese la cursiva enfática), de los turbios tejemanejes de la industria editorial, de las carencias sexuales de los maquetadores, ilustradores, editores y correctores de estilo, de su siguiente libro y de cómo el futuro le daría la razón, y todas las demás cosas que se dicen en estos casos. Después de semejante ordalía virtual, redactó un mensaje de correo electrónico a su editor, le adjuntó el manuscrito de su (esta vez sí) última novela, envió el mensaje, dejó la nota de suicidio en el lugar que consideraba más visible de su habitación, se desnudó, se dirigió al cuarto de baño y abrió el grifo del agua caliente.
—Con lo narcisista que era, yo me esperaba un suicidio como el de Larra —dejó caer su editor cuando te reuniste con él en la editorial. Acababa de regresar del entierro del autor, más que nada por hablar con los padres acerca de los detalles del contrato de edición, que su hijo no se había tomado la molestia de devolver firmado. La madre lo miró con auténtica inquina, trazó un garabato que denotaba una amplia experiencia en falsificar la firma de su hijo, le dijo «Hala, ahí lo tiene. Todo suyo» y regresó junto con su marido, para discutir la inminente venta del piso y, con el dinero que obtuvieran con la transacción, ir mirando residencias de ancianos donde poder acabar sus días plácidamente, sin la rémora de un hijo a quien había que darle hecho hasta el carajillo con galletas de media mañana y que no se había planteado abandonar el hogar paterno en ningún momento de sus casi sesenta primaveras. 

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